Al horizonte

Slupetzky había llegado, al lugar más hermoso del mundo. Ante él se extendía el horizonte del Pacífico, el océano más grande de la Tierra. Detrás de él, el sol se pondría en pocos minutos. Poco después, como era habitual a esa hora, el cielo ardería en luz rojo fuego. Escuchaba las olas golpear con inmensa fuerza contra la roca bajo sus pies, y los pequeños pájaros piar mientras volaban en el cielo azul del atardecer tardío.

A pocos metros delante de él crecía un seto de agaves, plantado al borde del acantilado. Su densidad lo protegía del vacío. Detrás de ese seto, el abismo caía ciento de metros en vertical. El precipicio estaba a solo unos pasos.

La sol acababa de tocar el horizonte. Ahora descendía en un resplandor ardiente, desapareciendo tras él. En muy poco tiempo se habría hundido por completo.

Ahora. Ahora ya no estaba. El sol acababa de desaparecer del todo detrás del horizonte. Slupetzky escuchó las olas estrellarse con fuerza contra la roca bajo él, y los pájaros piar fuerte por un instante. Cuando la penumbra empezó a caer, los pájaros se callaron de golpe; en cambio, los grillos comenzaron a cantar con toda su fuerza.

“Quien mira al abismo con ojos de águila, tiene coraje”, había escrito Friedrich Nietzsche alguna vez. Ahora Slupetzky mismo miraba al abismo frente a él, en toda la belleza imaginable. Un pájaro diminuto pió por última vez, al mismo tiempo que un pequeño gecko pasó corriendo a su lado.

Slupetzky miró directo al frente. Había llegado al fin del mundo. Ante él, detrás del precipicio, veía el Pacífico, la mayor masa de agua de su pequeño planeta. Era tan inimaginablemente enorme, que toda la tierra firme del mundo cabía en ese vasto líquido. Al final, el azul verdoso del mar se fundía con el azul rojizo del cielo. Más allá, el Pacífico se extendería miles de kilómetros hacia el oeste, hasta tocar Asia. Allí, en ese momento, el sol estaba saliendo.

Ahora se hacía más oscuro, y el cielo se teñía de rojo. El océano frente a él se volvía, como su nombre prometía, realmente quieto. La atmósfera de ese instante era verdaderamente irreal. Slupetzky había llegado. Ante él el abismo empinado, detrás la quietud del océano. ¿Quería seguir?

No, no quería. Se quedó sentado. Lo había logrado. Mientras el cielo se teñía de sangre, supo que ese momento — en toda su grandeza y perfecta belleza — era el decisivo de su vida. Si daba unos pasos más, llegaría al final de todo.

Miró en silencio hacia adelante. Ese instante se lo había regalado D.I.O.S.. Desde niño, desde su habitación, había mirado hacia el este, al amanecer en dirección a Asia, miles de kilómetros a través de la llanura. Esa idea siempre le había dado miedo. Por eso siempre había deseado el oeste. Ahora estaba allí, mirando de nuevo miles de kilómetros hacia Asia — pero esta vez hacia la puesta de sol, hacia el oeste — y frente a él terminaba la tierra.

Si daba unos pasos más, todo acabaría. Así sería. ¿Lo quería?

No.

Slupetzky se levantó lentamente, miró una última vez al frente, se dio la vuelta y volvió.

¡Gracias, querido Dios!

peterwurm.wordpress.com

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